El “Ser Humano”: una especie con una historia evolutiva tan intrincada como la vida misma y que ha dejado huellas por doquier que son testigos de los rumbos que tomó su razonamiento dentro del laberinto de su mente. Entre esos registros destacan las más bellas formas del Arte, ese himno humano que glorifica el constante renacer del ciclo vital y que permite al corazón del niño que todos llevamos dentro el creer en la magia. Pero así como a su paso cada cultura dejó plasmados diferentes símbolos que refieren al concepto de amor, también sembró las dolencias arrastradas por el odio, la competencia y el rencor. La noche del  13 de noviembre del 2015 el ciclo del odio cumplió un nuevo capítulo con los ataques perpetuados en París por grupos simpatizantes con la organización yihadista Estado Islámico.pray_for_paris_hong_kong_16_november_2015_003 Mi primera reacción frente a la noticia fue de alerta, pero esa emoción se transformó en miedo cuando vi la rápida reacción de los medios de comunicación y la respuesta de la población mundial frente a las campañas emprendidas por los mismos. En particular me impresionó, al igual que al periodista español Éric Lluent, la iniciativa impulsada por la red social Facebook que daba a los usuarios la posibilidad de colorear sus fotos de perfil con los colores de la bandera de Francia. De un día para el otro la red se había plagado de rostros con velos combinando azul, blanco y rojo. En su artículo “El peligro de ponerse la foto de perfil con el filtro de la bandera francesa”, Lluent manifiesta su opinión al respecto, considerando esta iniciativa como parte de una maniobra de propaganda que pretende difundir sólo un punto de vista de los hechos, generando conmoción entre la población y alimentando el odio hacia el mundo musulmán que amenaza la visión occidental de la realidad que fue engullendo al mundo durante los últimos siglos. Como respuesta a la publicación de su artículo, Lluent recibió varias amenazas e insultos de parte de diferentes lectores que malinterpretaron su razonamiento como si el periodista estuviera apoyando con sus palabras a los ataques terroristas. Aquí vemos claramente como los medios lograron poner del lado del “Bien” al odio por otra cultura. Cada foto de perfil teñida de patriotismo Francés simbolizó un pulgar hacia arriba de ciudadanos occidentales en contra del Estado Islámico, en los mejores casos, en contra de todo musulmán en el resto. Cada foto fue un voto a favor del bombardeo efectuado en Siria pocos días después por el gobierno francés.

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En mi opinión, como en cualquier tipo de relación, frente a un conflicto, la culpa es siempre compartida. Los medios de comunicación siempre son selectivos frente a la información que expanden según los intereses en juego de quien los controla. Ningún medio ha llevado a los espectadores a cuestionarse las razones que pueden tener otras culturas para revelarse en contra del modelo occidental de vida, sino que es más conveniente que la mayoría atribuya los ataques a pura e irracional locura. El lingüista estadounidense Noam Chomsky  ya nos alertaba en su libro “Fabricando el consenso: la economía política de los medios de comunicación” (1992) sobre las formas de control mediático que operan en las democracias modernas, considerando que “la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario”. En la introducción de este libro, Chomsky pone como ejemplo cómo el presidente norteamericano Wilson logró volver a la mayoría de la población en contra de Alemania cuando el gobierno de Estados Unidos decidió formar parte de la Primera Guerra Mundial, creando para ello una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel. El mismo Walter Lippmann considera en su libro “Opinión Pública”(1921) a la propaganda como una herramienta efectiva para que una élite intelectual tome control de la opinión generando un consenso que dé libre juego a los intereses del grupo situado en el poder.

Por otro lado, Pierre Bourdieu considera en su obra “Sobre la televisión” (1996) a la pantalla hogareña como “un colosal instrumento de mantenimiento del orden simbólico” que sufre lo que él denomina una “autocensura”, es decir una censura inconsciente, un filtro subjetivo que sólo permite mostrar lo que un determinado punto de vista quiere ver.  En los tiempos que corren actualmente, la humanidad se encuentra una vez más dividida en dos grandes bloques con maneras muy diferentes (en ningún modo incompatibles) de ver la realidad que nos rodea. Lo que hace falta, a mi parecer,  es una concientización de la población occidental sobre las propias contradicciones que engrasan los valores que mueven los engranajes de nuestro sistema social.

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En su discurso el presidente actual de los Estados unidos, Barack Obama, considera que  el ataque recibido por parte del pueblo francés es “un ataque hacia toda la humanidad y los valores universales que compartimos”,
pero habría que revisar a qué tipo de valores se refiere, porque las propias reacciones en contra de occidente por parte de culturas orientales demuestran justamente un conflicto de valores que aún no son universales ni compartidos.

En un artículo sobre estos atentados dichos “terroristas”, Chomsky denuncia la hipocresía del pueblo occidental. Como bien lo subraya Román Gubern en su libro “Del Bisonte a la Realidad Virtual”, el mundo conoce una presión mediática que lucha por imponer una visión hegemónica de la realidad uniformizando así la humanidad según la ideología
postindustrial y levantando los valores que ésta propone como una bandera que se pretende merecidamente universal. Es necesario en esta etapa de la evolución del Hombre el concentrarse en las similitudes entre las culturas y los símbolos antes que en las diferencias. En este sentido, estoy de acuerdo con Joseph Campbell cuando considera en su libro “El héroe de las mil caras”, que el héroe contemporáneo es aquél que busca en las aparentes diferencias culturales aquellos valores compartidos desde nuestros orígenes como seres humanos. El héroe contemporáneo es aquél que se sabe perteneciente a lo que Mcluhan denomina “Aldea Global”, aquél  poseedor de la madurez necesaria como para reconocer su propio ego en la bandera que empuña. Me mantengo positivo frente a los tiempos venideros… La madurez es un proceso también social. Sólo me pregunto: ¿Cuántas generaciones faltarán para el hallazgo por parte de la sociedad humana de los valores universales?

Bruno Gariazzo

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