Como dice el propio Banksy en su documental «Exit through the gift shop«: para sobrevivir, el street art necesita ser documentado. Fue a través de las capacidades de registro que permiten las nuevas tecnologías de la comunicación que este artista callejero anónimo terminó en todas las noticias del mundo y a volverse más famosos que muchísimos artistas formados y legitimados por las grandes instituciones del arte. Aun con esta tecnología que atenta contra toda privacidad y que preocupa particularmente al pensador Evgeny Morozov, Banksy sigue sorprendiendo al mundo entero con su completo anonimato. Arduos intentos de los medios por encontrarlo y desenmascararlo se han visto continuamente burlados, y este artista continúa transmitiendo con su arte un mensaje de carácter universal: todos somos Banksy. Sus trabajos se volvieron cada vez más osados y la dimensión de sus críticas políticas y sociales cada vez más viscerales y reivindicativas. Unas de sus primeras peripecias que lo lanzaron a la fama fueron cuando pintó una de sus obras en el muro de Cisjordania construido por Israel en 2006 o cuando se infiltró en 2006 en el parque de atracciones Magic Kingdom de Disneylandia logrando ubicar en una de sus exhibiciones a un muñeco inflable vestido de preso y con una bolsa negra en la cabeza a modo de representación de los presos en Guantánamo. En esta ocasión lo acompañaba lo que luego de este evento sería uno de sus compañeros más confiables, el francés Thierry Guetta.
Obsesionado con su cámara, Thierry registró a artistas callejeros alrededor de todo el mundo, y por esas casualidades de la vida, terminó dando con su mayor ambición: conocer al gran Banksy. Este cineasta amateur se tranformaría en la gran excepción de Banksy, ya que es la única persona que dejó que tomara algún registro de su trabajo, siempre y cuando su rostro nunca apareciera en pantalla. Thierry Guetta considera a Banksy un «Robin Hood moderno», debido a la fama adquirida en el anonimato y a la esperanza que logra transmitir en los espectadores de su obra. Pero no todos los artistas callejeros permanecen en el anonimato, como es el caso de Shepard Fairey, mejor conocido como «Obey» y por sus obras en pegatinas gigantes de «André EL Gigante». Este artista dice haber conocido el «arte de la repetición» en 1989, cuando tomó conciencia de que cuantas más pegatinas se difundieran, más importante el artista parecía ser y más preguntas despertaba éste en las personas con su arte. Fairey considera que de esta influencia es que un individuo gana poder. Lo mismo entendió Thierry Guetta cuando abandonó su cámara para dedicarse al arte callejero que durante tanto tiempo documentó. Adoptó así el pseudónimo de «Mr. Brainwash» considerando que tanto el street art como la publicidad ejercen sobre la población un lavado de cerebro. El propio Banksy toma como uno de los principios motivadores de su arte la idea de que las marcas registradas y sus derechos de autor y de propiedad intelectual equivalen a construir una ley para obligarle a uno a pedir permiso antes de quedarte con una piedra que te fue lanzada en la cabeza. Es por esto que se ve desilusionado cuando constata que el street art se está transformando en una moda y está siendo absorbido, junto con su ideología, por el mercado. El propio Thierry Guetta bajo su pseudónimo de Mr. Brainwash, luego de haber demostrado que hoy en día es posible lograr la fama como artista sin ninguna formación, termina realizando en 2009 la portada de uno de los nuevos discos de Madonna.

En sus principios, este arte no convencional fue exponente de la libertad de expresión en las ciudades al escapar a toda autoridad y por su característica anárquica en cuanto que no estaba regulado institucionalmente. Este arte destaca por la total libertad de sus autores y por su autonomía. Ningún organismo regula su circulación por las calles ni prohíbe los mensajes perturbadores o las críticas sociales, y esto ha hecho que el arte urbano se transforme en los últimos años en una herramienta de expresión y presión política con cada vez mayor fuerza. Pero este carácter prohibido de este tipo de arte que por un lado fomenta a los propios artistas a llevarlo a cabo, por otro también tiñe sus obras de tonos violentos que rondan el vandalismo. Esta situación ha cambiado en los últimos años al hacerse el arte urbano más cotidiano y familiar. Los ciudadanos al mostrar su apoyo a los artistas callejeros han logrado transformar lo que antes era un mensaje de rebelión violenta contra un sistema represivo a lo que es hoy un mensaje que ayuda a los transeúntes a soportar plácidamente el día a día al saber que en sus reivindicaciones internas no están solos. Pero es esta aceptación del arte callejero como un verdadero arte por la sociedad lo que terminó logrando su mediatización masiva, su entrada al mercado y así también la pérdida de su libertad intrínseca a su concepto original. Se ve así absorbido por la publicidad y por las instituciones embebidas de la lógica mercantil.

Aun así, el street art sigue y seguirá siendo una de las principales formas de comunicación alternativa y de contracultura que difunden a través de los senderos transitados por millones de personas desesperanzadas camino a sus respectivos trabajos los sueños y anhelos de una utopía común. Micaela Villalba, en su artículo «El arte urbano como forma de expresión«, compara al arte callejero con el movimiento dadaísta, ya que según ella ambos están en contra de todos los códigos y esquemas establecidos en el mundo del arte. Ambos movimientos veneran lo espontáneo, lo caótico, la libertad de lo aleatorio y lo irracional del sin sentido. Tanto el dadaísmo como el arte urbano utilizan la ironía para denunciar las contradicciones del orden social vigente y utilizan el arte como una herramienta de protesta y como forma de comunicación de un espíritu de indignación. Aun cuando muchos artistas callejeros denuncian con su arte los riesgos de la era digital para la humanidad en su conjunto, las nuevas tecnologías de la comunicación no sólo ayudan a desproveer de contenidos este tipo de arte al hacerlo masivo, sino que ayuda a conectar instantáneamente mensajes cargados de contenido en cuanto efectivamente los hay. Un ejemplo de esto es el proyecto uruguayo desarrollado por los diseñadores Santiago Alonso y Caro Curbelo, acompañados por el desarrollador Sebastián Borrazás, que busca a través de su sitio online StreetArt conectar todos los murales y graffitis de Montevideo. El sitio utiliza la tecnología de los mapas de Google para permitir a los usuarios asociar la imagen de una expresión de arte callejero a su ubicación en el mapa de la ciudad, permitiendo así no sólo conocer a los autores de las obras, sino también el considerar a la ciudad entera como un gran museo de artes visuales. Como dijo el profesor Ricardo Klein a los alumnos de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Católica del Uruguay refiriéndose al arte callejero: «es una expresión urbana que no es solo artística, sino que maneja relaciones simbólicas y tiene que ver con el desarrollo de la ciudad».
Bruno Gariazzo
Pero el arte también pone en relación al menos dos puntos referenciales dentro de un espacio, por lo que podemos decir que el arte cumple tanto el papel de comunicador como el de transmisor. Desde hace tiempo que las leyes del mercado de consumo se han trasladado de a poco a la cultura (formada de consumidores), y, sin ponernos en una posición fatalista al estilo de la Escuela de Francfurt, podemos atrevernos a afirmar que los modos de transmisión de los valores culturales acarreados durante milenios por la humanidad están dentro de la nueva sociedad de la información en una metamorfosis sin precedentes. Las instituciones culturales, obligadas a jugar según las leyes de la oferta y la demanda, han incorporado la filosofía empresarial desatendiendo aquella responsabilidad a con el pasado que caracterizó a los ancestros dentro de las diferentes culturas. Hoy los transmisores oficiales de la cultura ofrecen aquello de lo que más hay demanda: todo lo que sea fácil y rápido de descifrar. El arte legítimamente distribuido a las masas pasa siempre antes por el tamiz del mayor beneficio económico, ya no por el tamiz del mayor beneficio simbólico. Lo que importa al vendedor es el aspecto del paquete, no su contenido. El arte instituido conoce actualmente una crisis de los simbolismos que fueron su tarea vehicular a lo largo de la historia. Las ideas y símbolos que antes interesaba a la élite en el poder transmitir al resto de la población se han reducido a monedas, billetes y bits. lo que resulta más preocupante es que ya no interesa buscar la idea escondida atrás del símbolo, porque ya no hay tal símbolo ni tal idea. Las instituciones culturales transformadas en empresas vehiculan sólo aquello que no ofrece resistencia para ser consumido, aquello que entretiene, aquello que es alimentado por las pulsiones más primitivas: las sensuales y las violentas. La razón es simple: los simbolismos de antaño no venden. Es más, ante la nueva moda, éstos son percibidos como infantiles, inmaduros. La madurez que para las civilizaciones que nos precedieron significaba tomar consciencia de nuestro rol en la comunidad y del valor que representa nuestra cooperación, ha devenido pura capacidad de competencia. La madurez espiritual hoy se confunde con la madurez sexual. Hoy la transmisión de valores simbólicos por parte de las instituciones se encuentra así en decadencia. Pero por suerte la tecnología que por un lado facilita el funcionamiento de tales mecanismos allanadores de los conceptos, por otro lado permite la puesta en funcionamiento de otros mecanismos de transmisión cultural alejados del poder instituido. Cada vez existe una mayor libertad de aprendizaje y comunicación del arte por fuera de las instituciones tradicionales. Los usuarios de las redes sociales y de Internet en general comparten sus conocimientos, practican en solitario o en grupos de particulares y desde sus hogares se atreven a volver públicas sus creaciones sin ningún otro intermediario que los medios técnicos. Muchos enseguida reciben el reconocimiento de su entorno virtual, otra vez sin otro intermediario que el medio mismo de comunicación, lo que los fomenta a seguir creando y seguir compartiendo, en la mayoría de las veces por puro amor a su arte y a lo que buscan transmitir con el mismo, sin buscar ningún otro beneficio que el reconocimiento de la comunidad.
Se generan así hoy en día dos fuerzas independientes en el ambiente artístico: por un lado el viejo motor de transmisión instituido e infectado por el virus del mercado, por el otro un motor nuevo formado a partir de una heterogeneidad emergente de internautas liberados de las instituciones y en cooperación constante en la construcción de lo que Gabriel Galli Danese denomina la gran «Biblioteca de Babel». El discurso oficial del arte sigue siendo el instituido por los poderes económicos y políticos vigentes, pero se está gestando un nuevo ecosistema discursivo formado por las expresiones de millones de artistas independientes cuyo principal rasgo en común es el vínculo que existe entre su arte y la red de redes. Es responsabilidad de estos artistas desinstituidos e hiperconectados el restablecer los mecanismos de transmisión de los símbolos y valores universales que dieron origen a nuestras culturas. En su obra «La tecnología y el carácter de la vida contemporánea» (1984), Albert Borgmann introduce la noción del «paradigma del dispositivo» en el cuál la la sociedad posmoderna estaría inmersa; ésta se encuentra navegando en un mar de superficialidad e individualidad, perdiéndose así las prácticas focalizantes generadoras de colectivos y, consecuentemente, diluyéndose asimismo todos los saberes compartidos. Pero consideramos que los responsables de éste fenómeno son principalmente los poderes que nutren los sistemas económico y político y las lógicas que detrás los motivan. A través de las fuerzas comunicativas externas a estos poderes como lo son las artes desinstituidas en red, los dispositivos de la era digital tienen la potencialidad de lograr nuevos focos de saberes compartidos a una escala impensable en el pasado. En este sentido, Andre Feenberg propone llevar a cabo un proceso de «Racionalización Democrática» intentando mirar la relación de la tecnología con la sociedad desde puntos de vista alternativos que se separen de la lógica capitalista de acumulación y ganancia y acaparen cuestiones de relacionamiento del ser humano con sus semejantes y con su entorno, en pocas palabras, desde una lógica que busque la madurez espiritual de la sociedad. Sin la búsqueda de esta madurez, la humanidad estará durante largo tiempo en su adolescencia. En la misma línea, las antropólogas Elisenda Ardèvol y Débora Lanzeni consideran a las nuevas tecnologías como parte integral de nuestra cultura y por ende de nuestra creación de símbolos vinculados a conceptos a ser transmitidos. Conceptos que hoy resuenan entre ecos vacíos de significado como el concepto del «amor» deben de volver a ser alimentados. Freud consideraba que el amor estaba en el núcleo del funcionamiento de todas las civilizaciones humanas, éste siendo considerado como la sincronización de las pulsiones de cada individuo hacia un bien común a todos los individuos de la población; un enamoramiento del hombre por el hombre y por la vida. Es tarea hoy del arte en red el transmitir el legado de amor y fraternidad que fue pilar de nuestra cultura hacia las generaciones por venir.
as ciudades del mundo comenzaron a simpatizar con los artistas urbanos y a sumar votos para impedir que los gobiernos decretaran la eliminación de sus obras. Uno de los más conocidos (sino el más conocido) de estos artistas «ilegítimos» es
A través de videos y fotos de sus murales compartidos por millones de personas, Banksy se volvió un acontecimiento global que legitimó su nombre en el universo de renombre artístico. Impresiona a su vez que a pesar de lo difícil que resulta en la nueva Sociedad de la Información mantener la privacidad, este/a artista logra mantener el anonimato burlando todos los esfuerzos de los medios masivos por desenmascararlo. El fenómeno recuerda a un justiciero vigilante salido de un cómic. Su trabajo ha sido constante desde los años 90 y, siempre sin ser visto, un «Banksy» puede aparecer perfectamente en el muro de la casa de un vecino o en el edificio de su trabajo. Sin embargo, su propaganda antisistémica no tardó en ser absorbida por aquello contra lo que se enfrenta: el mercado de lógica capitalista. A pesar de las protestas y denuncias, las
Pero el/la artista callejero/a no se desanima ante la inmensidad de aquello que busca atacar, y en Agosto de 2015 abrió un parque temático llamado «
En efecto, en enero del 2016 apareció un graffiti enfrente a la embajada de Francia en Londres mostrando a la protagonista de Los Miserables llorando a causa de una lata de gas lacrimógeno abierta en el suelo y a su lado un código QR. Si se escaneaba el código impreso en el muro con un smartphone, éste nos enviaba a un vídeo denunciando la violencia de una operación policial llevada a cabo el 5 de enero por el gobierno francés en la zona fronteriza de Calais. La operación buscaba desalojar a un millar de inmigrantes establecidos en el campo de refugiados La Jungla haciendo uso de gases lacrimógenos. Con el mismo espíritu de denuncia, Banksy también había pintado unas semanas antes en la pared de un túnel del campo de refugiados un graffiti mostrando irónicamente a Steve Jobbs, ícono del éxito empresarial e intelectual de occidente, y también hijo de inmigrantes sirios. El arte aparece así aliado con la era digital en la lucha por el respeto y la promoción de los valores que son pilares de la democracia; valores que hoy se ven amenazados por una inundación de información que corre el riesgo de asfixiarlos.
El movimiento denominado «
Se reunieron así hacia las nueve de la noche de ese jueves más de trecientos músicos que, habiéndose descargado la partitura de la obra por Internet y con su instrumento a cuestas, estaban prontos para fusionar melodías con completos desconocidos con los que compartían sin embargo lo más importante: un mismo sentimiento. Ensayando tan sólo un par de horas en un ambiente humano carente de esa rigurosidad y rigidez típicas de una sala de conciertos de música clásica, se lanzaron al encuentro de la música todos estos aventureros frente a un público de miles de personas congregadas alrededor de la estatua de Marianne. Las lágrimas corrieron por las mejillas de una masa conectada por un ideal. La música se transformó en símbolo de una revolución ideológica que tuvo sus cimientos en la conexión que hace posible la red tecnológica. Para quién haya experimentado este fenómeno de dimensiones épicas podrá decir con completa convicción que se trató verdaderamente de la
Podrán volver todos estos jóvenes a sus hogares luego de ser arreados fuera de su campamento utópico por un sistema policial que vela por el orden vigente; podrán volver a sus actividades rutinarias enfrascándose en sus estudios, cumpliendo con sus jornadas laborales y frecuentando a sus amistades; pero esa noche miles la pasaron en vela ya que un sueño se hizo demasiado grande como para quedar encerrado fuera de la vigilia. Ninguno olvidará ese sentimiento. Ninguno dudará al momento de saltar por ese sueño. Saben que no están solos. Saben que están conectados. Saben que no es infantil soñar y ya saben qué camino tomar.
De forma acompasada con el pensamiento, todos los elementos que componían la música y la pintura se arremolinaron durante el siglo XX para salir disparados y reorganizarse fuera de las normas que los agrupaban. La cultura pop había tomado la batuta en los años 60 para lanzársela a un público deseoso de subirse a un escenario. Fenómenos como la Beatlemania demostraban a los jóvenes que la música podía florecer en reconocimiento fuera de las grandes instituciones y de su sofisticado lenguaje encriptado. Pero hoy en día el escenario ya no es el mismo altar de los dioses que fue en la segunda mitad del siglo anterior; cada vez más cantidad de jóvenes toman consciencia de su propia calidad de potenciales artistas «escenificables» y así pierden progresivamente aquella adoración libidinosa que hacía de las presentaciones de las presentaciones de los Beatles algo tan característico. Las redes sociales y la rapidez con la que se comparte información sobre música ha revelado al edificio prestigioso de la partitura clásica como lo que siempre fue: un lenguaje y un medio de comunicación más entre otros. Gracias a los distintos foros y a Youtube, los músicos alrededor de todo el mundo pueden compartir todos sus conocimientos con aquellos deseosos de mezclarse en el mundo de la música, de una forma sencilla y relajada. Todo aquél que quiera aprender a tocar un instrumento y a compartir su propia música tiene la posibilidad de hacerlo y de ser reconocido por ello. Los géneros musicales de tanto multiplicarse al final terminan por perder sentido y disolverse.
Como lo considera Gabriel Galli Danese, la humanidad está logrando levantar a través de redes sociales como la formada por la aplicación
Por otro lado, los graffitis se han expandido considerablemente en todas las ciudades del mundo como un medio de expresión social, transformando a la calle misma en un museo digno a ser recorrido y contemplado. La propia tecnología que ha permitido esta creciente universalización del arte no se vuelve tan sólo obsoleta con el pasar del tiempo, sino que es ella misma glorificada como obra artística a ser contemplada y coleccionada. Los ruidos que antes podían resultarnos molestos como ser el chirrido de las primeras conexiones a Internet o el envío de un fax, hoy se vuelven archivos a preservar como fósiles, o «